Padre

Me dirijo a tu alcoba entre ese olor de hospital que todo lo marea y corta a mitad, dejando la cabeza confundida y las piernas lentas, aseguro el paso, debo llegar porque de seguro me necesitas, pero advierto que ha llegado una enfermera, tu esposa y su hijo. Pides sentarte, estas harto de esa cama que tan mal se ajusta a tu cuerpo transformado, pesas demasiado, tocarte es como tocar una bolsa de agua muy llena, a punta de explotar, los dedos se hunden y dejan huella por largo tiempo, los moretones se han calmado ya gracias a un crema que solo mi madre sabe quien te dio, malditos negros que han arrasado con tu blancura, y ahora que estás aún más pálido, tanto que se te suben los años a cada vista. Nos preparamos, quieres sentarte, repites, te sentamos sobre la cama a fuerza de mi hermano, ahora fuerza de tres pares de brazos y te nos caes por un momento, cada una de tus piernas son mis dos piernas juntas y tu desaliento no te deja actuar, gritas, te preocupas, te ponemos otra vez sobre la cama, nos hemos asustado también pero primero hay que calmarte, que no te agites es importante, intentamos otra vez, lo logramos a fuerza de cuatro pares de brazos, yo me siento tan inútil, hay parada, viendo todo y sin ayudar, te has sentado, sobre tus piernas descubiertas y el pañal que te cubre posará la cobija, la cicatriz de la operación reluce y mamá cierra pronto el camisón para perderla de vista. Serán unas dos horas después que volveremos a intentar. Hay que dormir.

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